Medir el impacto de una universidad es un problema de arquitectura

La Universidad San Sebastián me convocó como consultor externo con un encargo claro: encontrar la forma de medir el impacto de su “tercera misión”: el trabajo que una universidad realiza con y para la sociedad, más allá de la docencia y la investigación.

El encargo estaba planteado como un problema de medición. No lo era. A la universidad no le faltaba información: tenía un modelo, una política, académicos dedicados y años de datos provenientes de plataformas, encuestas y evaluaciones. Lo que le faltaba era una arquitectura: un criterio común para ordenar lo que ya tenía y una forma de integrar cuerpos de evidencia que nunca se habían hecho dialogar entre sí. Sin eso, más medición solo aumentaría la pila de datos.

Antes de construir nada, hice una pregunta previa: ¿es siquiera “impacto” la palabra correcta? En sentido estricto, el impacto consiste en aislar el efecto de una intervención de lo que habría ocurrido sin ella: un estándar exigente que rara vez se ajusta a este tipo de trabajo. En lugar de descartarlo, lo puse donde corresponde: en el extremo de una cadena de resultados que ordena lo que la vinculación con el medio produce, desde las actividades hasta los efectos a más largo plazo, con indicadores cuya complejidad aumenta a lo largo de la cadena. La evidencia informó estas decisiones; no las dictó.

La arquitectura se apoyó en tres cuerpos de trabajo que rara vez se reúnen: capital intelectual, ciencia de la implementación y teoría del cambio. El primero describe el valor que una universidad crea como activos intangibles: sus personas, su institución y sus relaciones. El segundo separa lo que es esencial y común a toda iniciativa de lo que es particular a cada contexto, de modo que un solo sistema pueda medir a través de todas sin simplificar ninguna. El tercero ordena los indicadores y no hubo que inventarlo: ya estaba latente en la propia política de la universidad. Buena parte del trabajo consistió en hacerlo explícito y devolverle al equipo, de forma ordenada, un saber que ya poseía.

Entregué una conceptualización del sistema, un modelo y un conjunto de indicadores anclados en evidencia.

La señal más clara de que el enfoque funcionó fue lo que ocurrió después de que me fui a trabajar al Ministerio de Salud: la universidad continuó el proceso por su cuenta y, en 2022, publicó su propio modelo de contribución. Sus agradecimientos mencionan el informe que produje como consultor de la Dirección (Reporte de impacto en la Vinculación con el Medio USS 2020) como base del modelo. No quedó ninguna dependencia de un consultor externo; la capacidad se mantuvo interna. Ese era el punto.

El sujeto aquí era una universidad, no un sistema de salud; pero el movimiento fue el mismo que llevo a todas partes: el problema real suele ser una arquitectura ausente (y construirla) y no medir con más fuerza, ahí es donde empieza el trabajo.

El campo todavía carece de un modelo único y consensuado para evaluar la vinculación con el medio de una universidad, y desde 2025 la acreditación chilena exige que cada universidad lo demuestre precisamente. Un trabajo realizado en 2020–2021 se adelantó a lo que el sistema ahora exige.

El modelo de contribución publicado por la Universidad San Sebastián en 2022 nombra, en sus agradecimientos, el informe de 2020 que produje como consultor de la Dirección General de Vinculación con el Medio como base del modelo; el informe de acreditación de 2021 de la universidad también incorpora este trabajo.