No me define una materia que haya dominado, sino una clase de problemas que busco: problemas que se resisten a la simplificación, en los que incluso la definición del problema está en disputa. Cuanto más difícil sea el problema, más me interesa.

Los problemas difíciles rara vez llegan bien planteados. Una institución llega con una pregunta sobre medición o gestión, o con un indicador indócil, y el problema real resulta ser una arquitectura ausente: ningún criterio común para ordenar lo que ya existe, ningún lenguaje compartido en el que integrar tradiciones de evidencia desconectadas.


Muchos actores y niveles, cada uno afectado de manera distinta, cada uno con necesidad de actuar, cada uno comprometiendo recursos de todo tipo para entender y abordar el problema. Ningún punto de vista único abarca el conjunto.


No solo sobre la solución, sino también sobre el problema mismo: qué es, qué contaría como evidencia útil y qué contaría como algo beneficioso.


No hay siquiera acuerdo sobre qué es el problema. Encuadres rivales que no se reconciliarán con más información y que, en su forma más profunda, llegan a un desacuerdo sobre si el problema merece la asignación de recursos para abordarlo.


Estas maneras no son grados de una misma cosa. La mayoría de los métodos para problemas difíciles responden a la primera característica y silenciosamente dan por resueltas las otras dos: la coordinación intersectorial y la participación social abordan la complejidad, pero ninguna disuelve la incertidumbre de un problema cuya definición misma está sin resolver, ni la divergencia en la que algunos niegan que haya un problema que resolver. He visto esto tanto en política nacional como dentro de una sola institución, y donde el trabajo es más difícil, las tres llegan a la vez, como condición de partida. Problemas así no son meramente difíciles: son chúcaros; se desplazan a medida que uno los aborda, y un empujón en un lugar reaparece como presión en otro.

Cuando las tres llegan juntas, más análisis no convergen: se multiplican. La vía de entrada no consiste en profundizar más en el problema tal como está planteado, sino en elevar la mirada por encima de él.

Un sistema de salud existe para brindar atención de calidad; una universidad existe por su propósito en la sociedad. Esa categoría no es solo una mejor descripción del problema: es el lenguaje en el que la evidencia que no se hablaba entre sí puede, por fin, ponerse a trabajar. El oficio consiste en dar a un problema difícil la estructura suficiente para que funcione sin simplificarlo: una estructura que emerge del problema, no una impuesta sobre él.

Fundado en la práctica reflexiva y la reflexión sobre marcos (Schön), y en la literatura sobre wicked problems en política pública.